Psychiatric Drugs Explained (David Healy)

Psychiatric Drugs Explained (Elsevier). David Healy es probablemente uno de los psiquiatras con mayor conocimiento y skin in the game del mundo. Además de dar clase en la universidad, haber publicado 20 libros, 200 artículos científicos, y haber trabajado en el hospital de salud mental más grande de Canadá, ha ido a multitud de juicios sobre efectos secundarios de fármacos, y a juicios sobre suicidios producidos por psicofármacos, homicidios producidos bajo la influencia de psicofármacos, y ensayos clínicos manipulados y fraudulentos. Healy conoce el juego, hasta las entrañas legales.

El libro es mucho mejor que cualquier libro de psicofarmacología, que tienden a ser puramente descriptivos sin la más mínima orientación clínica (a menudo jerga cientista sin la más mínima vergüenza). Pensemos que el objetivo de estos libros es fundamentalmente lavar el tarro a los estudiantes en base a mecanismos moleculares y neologismos. Healy presenta aquí un libro de psicofarmacología clínica en el que se discuten los pros y los contras, de una forma bastante ponderada. Sin embargo, a pesar de que es una discusión clínica más honesta sobre los psicofármacos que cualquier otro libro, esperaba más. Dado que Healy ha dedicado una parte sustancial de su tiempo a la historia de la psicofarmacología, me he quedado con las ganas de una mayor descripción de los tratamientos en las transiciones entre distintos fármacos desde 1950 en adelante, dado que finalmente lo que caracteriza a la mayor parte de familias de psicofármacos es su perfil sedante, aunque se quiera dividir en tranquilizante, ansiolítico, hipnótico, inhibitorio, o incluso serenizante como dice Healy sobre SSRI. Tampoco explica cosas básicas como aquello de las 3 o 4 semanas que tardan los SSRI en actuar, no solo en depresión, sino también los que actúan en S1 sobre ansiedad. Si estamos ante un problema de neurotransmisores, y el psicofármaco tiene un efecto inmediato drogando el afecto y el arousal, ¿a que se debe ese retraso?.

Hay un problema entre lo nominal y lo real. La industria quiere mantener la psicofarmacología en un status nominal, como si cada fármaco fuera algo específico sobre cada psicopatología, algo totalmente falso. No hay ninguna corrección específica en el sistema nervioso, sino que drogar puede ser útil si se da la droga adecuada a la persona adecuada. Ojo, a la persona y los síntomas, no a la patología, que a su vez se confunde con la retórica de taxonomías clasificatorias y mecanismos de accion. Ganar dinero con ello también ayuda a ignorar lo inconveniente. Así, a menudo, cuando un fármaco produce un problema se interpreta como agravamiento de la condición de la persona y se sube la dosis hasta dejar a la persona grogui. Dejar a una persona grogui es que su condición “mejora”. Retirar un fármaco también produce efectos de retirada que se interpretan como que la persona “aún no está bien”. Entre efectos secundarios interpretados como patología y efectos de retirada interpretados como patología, hay personas que entran en el médico por un problema leve de ansiedad o estado de ánimo que sería autolimitante, y serán enfermos eternamente en nombre de una supuesta medicina científica, que en gran parte no es más que postureo y verborrea sofisticada. Otros aspectos a discutir son personas con un pequeño problema de ansiedad o estado de ánimo que desarrollarán manía, una condición notablemente más difícil, inducida por el fármaco. La manía relacionada con el consumo de psicofármacos tras el tratamiento de alguna circunstancia leve es uno de los principales motivos de ingreso. Y por supuesto ensayos clínicos que miden mejoras parciales y subjetivas, no parámetros sustanciales de la vida real como personas que vuelven a trabajar porque han superado su problema. Ya saben “supera a placebo”.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención de Healy es cuando expone que conocemos muy poco sobre como actúan los fármacos. Un mismo receptor puede ser ansiolítico y ansiogénico, dependiendo de como esté sensibilizado, de como interactue con otros sistemas, o de como se active ante la llegada de distintas sustancias, neurotransmisores y neuromoduladores. Sin embargo, hay millones de personas tomando estos fármacos. Que no tengamos una descripción de sus efectos es porque hemos dejado todo el peso de la literatura científica a los papers escritos mayoritariamente por la propia industria y sus muchos comerciales con PHD y MD de toda clase, mientras que hemos dejado de tomar nota de lo que dicen las personas en la consulta. Algo que podría ser recogido sistemáticamente y nos permitiría conocer mejor lo que describen los pacientes. Dicho esto, sigo encontrando fascinante que médicos de atención primaria estén recetando fármacos, haciendo diagnósticos alegremente, y tratando problemas sobre los que no tienen formación ni conocimiento. Sea como fuere, las personas con esquizofrenia y con trastorno bipolar lo hacen hoy peor que hace 100 años, en términos de esperanza de vida y de utilización clínica. La cacareada profilaxis del conocido “desequilibrio” que equilibran los fármacos, y los supuestos avances. El progreso es más retórica y el avance es más márketing que otra cosa.

El libro de Healy es muy diferente al de Gotzsche, que entra como una apisonadora de datos y no tiene la intención de ser clínico. Healy está más centrado en la realidad de la consulta, sin desechar nada a priori. Toda droga puede ser juiciosamente aplicada. Sin embargo, no se puede ser juicioso cuando se medicalizan problemas sociales, se recibe una enseñanza sesgada en la universidad, y se trabaja en un sistema de salud que suprime alternativas de tratamiento, en este caso el acceso a psicologos y servicios comunitarios. No obstante, aunque este libro mejora los libros típicos de farmacología que son una simple taxonomización, francamente, esperaba más. Healy sabe mucho más que lo que nos presenta en este libro.

8/10

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